Capítulo
tres:
Marta
camina más deprisa.
Siente
que alguien la sigue desde que entró a uno de los callejones de Tetuán.
En unos segundos volverá a estar en una calle principal y
esto solo será algo de lo que reírse más tarde.
Escucha unos pasos cada vez más rápidos a su espalda.
-Muy bien, ahí tienes.- Alguien se cruza en su camino
saliendo de detrás de un contenedor y la empotra contra la pared.
Quien la seguía coge la bolsa y se la lleva corriendo.
El enmascarado de delante de ella la coge del cuello.
-Relájate, bonita, vamos.
Él cierra un poco más el puño.
Ella se queda unos segundos sin aire, luego se desmaya.
Martina y Juan ven
una película en el sofá.
-¡Increíble! Podría ver mil veces ésta parte y no me canso.
Martina se esfuerza por bostezar.
-Pues a mí me cansa ver siempre lo mismo.
-Vaya, llevo un mes buscando un por qué a todo, y parece que
es eso que dices que te pasa con las películas lo que te ocurre con los
hombres.
Martina se levanta del sofá.
-Mira, Jorge, no voy a soportarte más.
Juan también se levanta, y le da una bofetada.
Martina se queda quieta, con la mano cubriéndose la mejilla.
Él se aleja por el salón y se gira de nuevo.
Se echa la mano a la frente temblando.
-Juan… Me llamo Juan, no Jorge… ¿tan fácil es olvidarlo?-
Solloza Juan.
Entonces, rompe a llorar desconsoladamente.
Y Martina también.
Hay momentos en los que todo se quiebra. En los que parece
que caemos por un precipicio que parece no tener fin. En los que tratamos de
salir a la superficie a tomar un poco de aire, desde cuatro mil metros por
debajo del nivel del mar. Hay momentos en la vida en los que todo,
absolutamente todo se rompe en mil fragmentos, cientos de cristales rotos por
el suelo, y dolor. Hay momentos en los que te entran ganas de desaparecer. En
aquellos instantes, Martina se dio cuenta. Hay momentos en la vida en los que
se te quiebra el alma. Ves a la persona a la que un día amaste llorando por el
daño que tú mismo le has hecho, ves al hombre perfecto para ti perdiendo los
papeles porque se le hace demasiado difícil echarte de su casa porque te
arruinaría la vida, sin importarle que mucho antes de eso se la arruinaste tú.
Martina se da cuenta en ésos instantes de que ha perdido.
Que ha arriesgado su yate por una canoa. Y ha perdido los dos. A Martina nunca
se le dio bien apostar, y ahora sabe que cometió un error enorme. Un error
demasiado tarde de arreglar, y sabe que es demasiado tarde para disculpas.
Martina abraza por la espalda a Juan. Él se da la vuelta,
apoya la cabeza en su hombro y llora. Martina le acaricia la espalda, y él
tiembla. A los pocos segundos le agarra de la mano, y lo sienta a su lado en el
sofá. Alcanza el mando y apaga el televisor.
-Me voy a ir.
-¿Qué?- Solloza Juan.
-… Lo siento, Juan. Esto no puede seguir así. Sé… sé que te
he fallado, sé que te he hecho daño, y no te puedo pedir que me perdones.
Tengo… tengo un dinero ahorrado y me voy. Voy a recoger mis cosas porque me
voy, porque si me quedo más se me va a caer la cara de la vergüenza de haber
arruinado así nuestras vidas.
Alexia la cagó muchísimo haciendo ésa pintada al coche de sus
tíos. ¡Pero qué iba a saber ella que era el de Juan! Tuvo suerte de que nadie sospechara
de ella. Cuando llegaron aquel lunes por la tarde del instituto los dos empezaron
a discutir, Martina trataba de explicarle a Juan la historia. Un par de objetos
volaron por los aires. Martina estrelló un vaso. Y Alexia volvió a su casa. Así,
tal cual, a la otra punta de Madrid. No volvió a ver a Cris ni a Eme. Y la pasta
que se sacó del trabajito de los padres de Cris que nunca tuvo intención de hacer
le sirvió para un par de caprichos, como el pearcing
del centro del labio inferior que lleva ahora.
Ahora tiene una entrevista de trabajo. Una librería que quiere
renovar el personal. Abre la puerta de la cafetería Vivaldi. Camina hasta la barra y espera unos segundos a que la atienda
el camarero.
Contempla una foto de la pared.
El chico que murió en el
accidente de buses.
Ahí están Aator y Maia y todos los camareros.
Todo el mundo en Madrid conoce su historia de amor. Él escribía
canciones y cantaba en el metro. Todos se han cruzado con aquel peculiar chico.
Desde que no está, las estaciones se sienten vacías, su música les alegraba a todos.
-Buenas.
-Sí, hola. He venido por una entrevista de trabajo. ¿La señora
Cecilia?
-Sí, la señora del final de la barra.
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