Capítulo
cinco:
Judith
es la primera en irse.
Su
madre quiere que esté en casa a las ocho.
Una
pena, porque la bolera se estaba empezando a llenar. Aunque pensándolo bien no
tiene nada que celebrar. Cris, su mejor amiga tiene cáncer.
Camina
cogida de la mano de Joaquín por Carabanchel.
-Tengo
cinco minutos para llegar a la otra punta.- Comenta, agobiada.
-Tu
madre es mazo de estricta con la hora, debería de darte un respiro.
-Bastante
es que me deja salir, después de los problemas que he tenido.
Ésas
calles recorrió aquel domingo de vuelta a casa.
Lo
que no se esperaba era encontrarse con la policía en su salón.
La
esposaron y la tuvieron en el calabozo.
Por
falta de pruebas que la hicieran culpable la sacaron el lunes.
Ella
no se vio con fuerza de seguir estudiando, y Jorge y ella dejaron de verse.
En
aquel semáforo del final de la calle Jorge le rompió el corazón.
-¿Volveremos a vernos?- Le
pregunta ilusionada Judith desde el asiento del copiloto.
Jorge detiene el coche en el
semáforo en rojo.
-No lo creo.- Le responde, y
evita mirarla a la cara.
-¿Cómo? ¿Ocurre algo, Jorge?
Él calla.
El semáforo vuelve a ponerse en
verde y él conduce.
-Judith, esto no va a ir más
allá.
La chica traga saliva.
-¿Y por qué?
-Porque eres mi alumna, y eres
menor de edad. Está en juego mi puesto de trabajo.
Ella resopla.
-¿Sabes? No te creo. El otro día
al salir de clase también era tu alumna, y me besaste.
-Estaba confundido.
Gira en la siguiente calle.
-¿Es por aquí?
-No te preocupes, Jorge. No
quiero que mi profesor me acompañe a casa después de haber pasado la noche con
él.
Él hace una mueca de disgusto.
Para en una plaza libre del
aparcamiento por el que están pasando.
La mira.
-¿Quieres una explicación?
Judith asiente.
-Prométeme que no le dirás nada a
nadie.
Ella asiente.
-Prométemelo, Judith.
-Que sí, que te lo prometo.
Ocurre
de un segundo a otro, en la acera de enfrente.
Dos
corazones vuelven a encontrarse, dos miradas vuelven a cruzarse.
Hay
lágrimas, aunque nadie las ve.
Saltan
chispas, aunque sólo lo sientan ellos dos.
Judith
siente el impulso de soltar la mano de Joaquín.
Y
lo hace.
Porque
enfrente de ella, dentro de la joyería Omar está frente al mostrador, eligiendo
qué anillo regalarle a su chica.
Él
no la ve.
Tiene
la piel de gallina y los ojos se le han puesto vidriosos de golpe pero no la
ve. Aunque la viese ni siquiera la reconocería.
Margarita no ha querido hablarle
a su hijo de Judith. Él tampoco ha preguntado por ella desde que se ha
despertado. Por quien sí que ha preguntado es por Marta. Ella le ha entregado
la carta que la chica le escribió cuando él se debatía entre la vida y la
muerte, y él la lee desde el asiento trasero del coche.
Querido Omar:
En
primer lugar, quiero decirte que si notas la letra torcida y mal es porque te
estoy escribiendo desde el bus, camino al hospital. Tengo ganas de que
despiertes, corazón. Y sé que lo harás. Creo en ti. No puedes irte así de aquí,
dejando la huella del último beso que me diste grabada en mi corazón por
siempre. No puedes irte de mi vida. No después de tanto tiempo que hemos pasado
juntos. He estado informándome, y la mierda que te metieron en la bebida
aquella noche produce pérdidas de memoria y lagunas mentales, y ahora temo que
no recuerdes cuánto nos hemos querido. Cuánto te quiero, y cuánto me quieres tú
a mí. Rezo porque nuestro amor pueda con esto y mucho más.
Marta.
Cuando terminó de leer la carta,
le escribió a Marta.
Ella le explicó mil cosas que no
recuerda. Le explicó que su relación iba viento en popa hasta que apareció una
chica queriendo hacerles daño. Judith, cree que dijo que se llamaba. Él no la
recuerda, pero Marta sabe que ahora que él está bien, nada ni nadie podrá
volver a hacerles daño. Él apenas recuerda su relación con Marta, pero confía
en ésa chica. Y es una sensación extraña porque le está empezando a gustar. Y
con todo lo que ha pasado ésa chica por él, quiere premiarla. Va a comprarle un
anillo de plata, y va a grabarle algo dentro.
-¿Éste
entonces?- Le pregunta la mujer mayor que le atiende, para asegurarse.
Él
examina otra vez el anillo.
Fino,
sencillo y bonito.
-Sí,
¿puedes grabarle algo?
-Claro.
¿Qué quieres?- La señora saca una libreta y la abre.
Coge
un bolígrafo del lapicero y anota lo que él le dice.
-Mi recuerdo más preciado.